CRÍTICA-CINE: EL CUARTO PODER (MAD CITY)
PUNTUACIÓN: 2 (sobre cuatro)
Su incesante denuncia política llevada a cabo en el género cinematográfico, llevan a este director greco-francés, Constantin Costa-Gavras (que cuenta en su filmografía con clásicos del cine político como: Z, Desaparecido, La Confesión o Estado de Sitio), a crear esta interesante película donde expone la falta de ética que existe en los medios y como juegan con la realidad para poder conseguir algo tan estimado en la televisión como es la audiencia.
Titulada en castellano como “El cuarto poder”, muestra una visión despiadada de los medios de comunicación, reflejando la sangre fría con la que en muchas ocasiones actúan los profesionales para poder conseguir que su nombre llegue al ‘estrellato’ de la pequeña pantalla.
Todo ello es reflejado en primera persona por el reportero Max Brackett (Dustin Hoffman), que se encuentra en una etapa de decadencia televisiva, debido a un desacuerdo que tuvo con el representante nacional de la cadena Kevin Hollander.
Su oportunidad de reaparición estelar en la televisión la encuentra, por casualidad, en un museo de Madelaine. Aquí halla a Sam Baily, donde el fenómeno del desempleo, que lo priva de lo más necesario como es un salario, lo lleva a cometer un acto impulsivo. La oportunidad de Max no podía basarse en un simple acto, y comienza a crear un montaje inesperado para todos, jugando con niños, padres y familias, que finalmente se le irá de las manos.
Interesante trama que llega a conmover a todos y logra hacer recapacitar sobre los actos de los medios. Deja ver que la ética no existe, y que la gente presenta una fe ciega en ellos, que crea una opinión pública muy dura. Presentan la realidad de cómo las personas que ven la televisión, pueden llegar a juzgar de manera injusta a un ser humano, porque creen ciegamente en lo que en ella se dice y en su personal objetividad. Un filme que ayuda a abrir los ojos sobre lo que muchas veces ocurre en la televisión.
Evocadora de otro gran película periodística como es “El gran carnaval” (1951) de Billy Wilder, donde el protagonista, Charles Tatum (Kirk Douglas), mantiene una gran semejanza con el de este drama. Ambas intencionadas de la misma manera y con el mismo interés de hacer reaccionar al público. Diferentes épocas en las que se puede observar que el fin de los medios siempre ha sido captar más adeptos, rebasando los límites de la verdad, la objetividad y el respeto a los hechos acontecidos. Invitan incesantemente a la reflexión sobre el tema que se trata.
Todo ello se combina con un ritmo medio, casi lento, donde los planos predominantes son los generales y medios, provocando una cierta serenidad global aun en las escenas más exaltadas y de más acción. Esto hace que en muchas ocasiones sea reiterativa y parezca que no avance, pero se logra salvar por las salidas del reportero protagonista a la calle, situando al espectador correctamente en el tiempo que va transcurriendo en la película.
El guión es a veces insólito, ya que cuesta creer que en un secuestro un rehén pueda salir a la calle, lo que hace al personaje de Sam Baily, muy esquemático, ingenuo, pesimista y falto de carisma para llevar adelante todo lo que está pasando.
Lo que la salva realmente, es la impecable interpretación de sus protagonistas y la capacidad de que el espectador preste atención en los momentos claves.
Dustin Hoffman engrandece a su personaje con una magnífica representación que hace pensar que realmente es un periodista. Una vez más, este actor muestra con su increíble presencia que ningún personaje se le resiste. Un papel que hace olvidar que hace años fue ese enfermo autista de Rain Man.
Travolta no queda atrás, espectacular interpretación de su personaje. Consigue captar los momentos de mayor irascibilidad, su pesimismo, su desesperación, y llega a conmover a todos en los momentos de mayor tristeza y en su trabajo con los niños. Logra borrar de la mente de todos interpretaciones tan opuestas a estas como la exitosa “Grease” o “Pulp fiction”, y transportar a los telespectadores al interior del propio museo.
Todo ello, a conjunto con la excelente labor del director, que sabe colocar los instrumentos, personajes, luz y cámara en los lugares idóneos en cada escena, permitiendo una exacta colocación del lugar, tiempo y espacio. Es muy interesante.