Persigue su reflejo incesantemente. Se mira donde puede, incluso en las tapas de las ollas y en los cristales de su ventana. Hace tanto ejercicio que es capaz de salir de su cama a media noche para hacer abdominales. Se pesa varias veces por hora y rechaza repetidamente los alimentos que siempre le han encantado. Evade los eventos sociales, aunque sea una simple salida con las amigas, para evitar comer. Ha perdido peso bruscamente y, para disimularlo, usa ropa holgada. Busca ser perfecta, y dejar huella de su presencia, siempre muy peinada, bien vestida, sus trabajos escritos subrayados, sin errores y es extremadamente puntual. También, está más irritable y depresiva que de costumbre. La chica es anoréxica.
Así es el comportamiento que Carmen López Gómez ha tenido durante años. Quería ser la princesa del cuento, con el que soñaba cada noche, y no le importó jugar con su salud y sumergirse en esta dura enfermedad para conseguirlo.
La anorexia es un trastorno de la conducta alimenticia que supone una pérdida brusca de peso y lleva a un estado de inanición. Se caracteriza por el temor a aumentar de peso y el rechazo a mantenerlo por encima del mínimo para su edad y talla, y por la distorsión de la imagen corporal.
Es considerada, por los expertos de nutrición, una de las epidemias del siglo XXI, y consigue atrapar a las personas, principalmente jóvenes de entre 12 a 25 años, bajo sus falsas promesas de que, a cambio, tendrán todo el éxito social que anhelan y más. Afecta al 90% de las mujeres, pero cada vez más hombres caen a sus pies porque creen que adelgazando también podrán “besar el cielo”. Por cada 20 mujeres un hombre padece de anorexia.
Carmen no pudo resistir los encantos que la anorexia le ofrecía. Tenía la oportunidad de cumplir sus sueños; creía que sólo así sería ella y su familia feliz. Su padre estaba enfermo y acababan de operarlo recientemente, sabía que podría hacerlo sonreír si la veía radiante y plena durante su estancia en Sevilla.
Dejó su Huelva natal para terminar aquí la educación secundaria, realizar bachillerato y estudiar su gran pasión, Derecho. Cambió de ciudad para tener un mayor reconocimiento en su aprendizaje, y sabía que ello también supondría una mayor competencia. Pero lo que no imaginó fue que, su esfuerzo no sólo se basaría en sacar mejores resultados, también tendría que dejar parte de su salud en ello.
Dice que cuando llegó a su nuevo destino todo era mejor de lo que había imaginado, la gente, el nuevo ambiente, la ilusión… Pero todo ello la llevó a auto-convencerse que era inferior a los demás, la baja autoestima hizo que fuera cambiando poco a poco hasta llegar al más soez pensamiento sobre su persona, llevándola a querer adelgazar para conseguir ser lo que tanto anhelaba.
Su hábito alimenticio se vio reducido drásticamente, ni siquiera comía un caramelo por miedo a engordar, no paraba de buscarse defectos a cada momento, y cada broma insulsa que le gastaban para ella se convertía en una auténtica “tragedia griega”. El control sobre todo lo que hacía y comía incrementó en las últimas semanas. Las preocupaciones por la rápida perdida de peso se dilataron hasta una vigilancia continua de todas sus comidas. Fue entonces cuando decidió cambiar de plan y comenzar a expulsar todo lo que ingería.
El hambre que arrastraba la llevaron a darse “atracones” varias veces al día, pero el remordimiento que le quedaba después, la impulsaba rápidamente al baño. Según cuenta, cuando cerraba la puerta se despreciaba a sí misma por lo que acababa de hacer; sin embargo, cuando la abría se sentía plena, tranquila, como si sus preocupaciones se hubieran marchado al tirar de la cisterna, una sensación que le es difícil expresar con sus propias palabras.
Consecuencias catastróficas de la enfermedad
Pasaba el tiempo y la imagen de Carmen comenzaba a deteriorarse. La pérdida de peso comenzaba a dejar sus huesos visibles bajo de la piel, el pelo se le estaba cayendo y la hermosa melena morena de brillantes tirabuzones había ido desapareciendo, sus dientes comenzaban a amarillearse y a perder el esmalte a consecuencia de las purgas, sus manos habían envejecido y mostraban señales en los nudillos provocadas por el roce de los dientes cada vez que introducía los dedos en la boca para provocarse el vomito, su irascibilidad provocaban reacciones distantes entre sus amigos y familiares, y su menstruación comenzaba a ser más propia de una pre-menopaúsica que de una adolescente.
Pero su detrimento iba “in crescendo”, y su aspecto físico sólo era una señal de lo que en su interior podía o iba a ocurrir: el revestimiento de su estómago se debilitaría; alteración grave de los electrolitos (sodio, cloro, potasio, sodio y magnesio), que aseguran la salud de la dentadura, articulaciones y huesos, la transmisión de los sistemas nerviosos y músculos, riñones y corazón, el nivel de azúcar en sangre y la llegada de oxígeno a las células; amenorrea; atrofia muscular, debido a que los organismos se consumen a sí mismos; hiperglucemia, aumento del azúcar en sangre; artritis; trombocitopenia o baja cantidad de plaquetas; cáncer de garganta o cuerdas vocales, por causa de los trastornos de reflujo ácido; cetoacidosis, altos niveles de ácidos que se acumulan en la sangre por causa de la quema de grasa corporal para obtener energía; convulsiones; debilidad y fatiga; anemia, déficit de hierro; descenso de la temperatura corporal, lo que llevaría al aumento del vello por todo el cuerpo; e incluso graves depresiones que podrían conducirla al suicidio.
Carmen, afortunadamente, salió de su enfermedad y hoy puede relatar su dura experiencia. Lo consiguió, según afirma, gracias a la ayuda de su familia y amigos que supieron estar ahí en el momento adecuado y supieron apoyarla en las mayores recaídas y hacerla ver que en la vida hay cosas más importantes que el aspecto físico y los cánones de una sociedad, y sobre todo que, pase lo que pase, nunca va a estar sola. Lo que más le hizo cambiar fue que, no sólo estaba ella en peligro, también estaba jugando con la salud de sus seres queridos que luchaban, incluso más que ella, por sacarle una sonrisa y que consiguiera salir de esta cruel enfermedad que poco a poco la estaba consumiendo. Ahora le toca seguir luchando por no volver a recaer, cuenta con ayuda psicológica y confiesa que está volviendo a vivir la vida como hacía tiempo no lo hacía, como si volviera a tener 15 años.
Nuevas variantes de la enfermedad
Al igual que la protagonista de esta historia, miles de jóvenes españoles caen en la anorexia o la bulimia. Pero en este último período los casos totales de la enfermedad se han estabilizado tras las reiteradas subidas que habían padecido en años anteriores.
Pero esta realidad se seguirá manteniendo hasta que haya un cambio importante de mentalidad en la sociedad. Cada vez hay más conciencia y por ello están disminuyendo los casos. Aún así, tendrá que haber un cambio radical en los criterios generales, tanto sociales como los que llegan a los jóvenes a través de los medios de comunicación, para poder erradicar estas patologías.
Según un estudio realizado por la Fundación de la Anorexia y la Bulimia, la mayoría del comienzo de estas enfermedades se da en verano por el comienzo de dietas de adelgazamiento durante el período estival. Durante los meses de calor los cánones de belleza sociales aún son más impactantes, sobre todo entre los colectivos jóvenes.
Esto también está provocando la creación de nuevas variantes de estas enfermedades, especialmente en varones. Comienzan a despertar con mayor fuerza las conocidas como vigorexia o ‘complejo de Adonis’. Ambas patologías se fundamentan en un trastorno emocional que sufren quienes asocian belleza con delgadez extrema o masa corporal, pero en este último caso afecta a personas con poca masa muscular que toman anabolizantes. Ambas enfermedades tienen factores comunes, como la percepción de no verse bien uno mismo; no querer tener relaciones sociales; y fijarse en la gente por la calle para compararse con los demás. Pero la gran diferencia radica en que, esta última “versión” de la enfermedad frecuentada por el sector masculino, tienen una actitud más centrada en el cambio de amistades, una preocupación obsesiva por el físico, una asistencia constante y excesiva al gimnasio, así como la lectura de revistas especializadas en culturismo en las que aparecen medicamentos para aumentar la masa corporal.